RECUERDOS DE OCAÑA
Arturo Fueyo Rodríguez

Después de leer algunos de los artículos que han aparecido en la página de Iñaqui, y tras varias conversaciones a pie de pista con compañeros, he sacado la impresión de que hay una parte de la historia de la Escuela que está olvidada. Me refiero a la época en que dependía de Aviación Civil y era un Centro semi-militar (los profesores eran todos militares destinados allí). Por eso quisiera comentar algo al respecto; bien sé que hay mucha gente más capacitada que yo para recordar la historia de la Escuela de Ocaña, pero para mí son recuerdos que evocan mi ingreso en el mundo del vuelo a vela, y son muy agradables, en general.

La verdad es que no sé cómo empezar a ponerlos en orden. Podría decir que todo comenzó… no sé cuándo porque siempre me ha gustado la Aviación; en cualquier caso, un día en la primavera del año 1972 había obtenido de mis padres el permiso para hacer el curso de VsM en Ocaña. Y lo mejor fue que no me costó gran esfuerzo conseguirlo: yo me veía negociándolo con mis padres a cambio de ciertas “concesiones” por mi parte… pero tanto mi padre como mi madre accedieron a mi deseo casi con tanta ilusión como yo.

 Tenía 17 años, y recuerdo que debía presentarme en el Ministerio del Aire para coger en un microbús que nos llevaría a la escuela y que allí me encontré con un compañero del Colegio, de modo que compartimos la ilusión por la aventura.
 Y llegamos. Nos dispusieron en habitaciones de seis alumnos, con baños y duchas comunes y un comedor en el edificio de al lado, y nos dieron un mono rojo y una gorra. Nos sentíamos como “acuartelados”, pero felices de estar allí. Rápidamente nos agruparon con nuestros profesores para todo el curso; a mí me correspondió con Salinas, de modo que fuimos a los hangares a sacar los veleros y recibir la primera clase teórica (más bien práctica, porque apenas nos habían contado lo más elemental, aproamos los Blanik al viento y nos dedicamos por turnos a hacer la bicicleta para irnos aclimatando). Otros profesores que estaban por aquella época eran Nuñez, Naveira, Albalá, Nebot, Guillermo, Villamor…

 El segundo día ya volamos: recuerdo el miedo que sentía a “no valer”, a marearme y pasar un mal rato. Pero no. Disfruté de lo lindo y Salinas me obsequió con algunas acrobacias que me hicieron el chaval más feliz de la tierra… ¡ya no envidiaba tanto a los veteranos que habían venido al curso de perfeccionamiento! ¡Había aguantado el vuelo, lo había disfrutado, y además había hecho algo que los demás no! Así comencé el primer curso. Como estábamos en régimen de internado, los fines de semana “librábamos” (más bien los profesores se libraban de nosotros) y volvíamos a Madrid a contar nuestras aventuras a los amigos, y con ansias de que acabase ese par de días para volver a los vuelos y a la rutina diaria de levantarse a las siete y media, desayuno, a los hangares y a volar; alto para comer y de nuevo a volar hasta las seis, cuando recogíamos y teníamos unas horas libres hasta las ocho o las nueve que tocaba cena… con gran atención al parte meteorológico que emitía por televisión a esas horas, porque aquel año el curso estuvo tan metido en aguas que uno de los compañeros de promoción, Gallego (el de Gallego y Rey) diseñó un emblema de nuestra promoción, con un piloto llevando un paraguas bajo el brazo y el lema “hoy se vuela”.

Claro está que a esas edades y conviviendo internos, lo más lógico es que se nos ocurriesen muchas bromas para pasar el rato, como aquella vez que desencajamos de sus goznes todas las puertas de las habitaciones y las volvimos a dejar en cuidadoso equilibrio inestable… para que el vigilante que todas las mañanas nos aporreaba las puertas a eso de las siete y media se llevara la sorpresa de que su aporreo... ¡derribaba las puertas!; o cuando quitábamos todas las manillas de las puertas para que nadie pudiera encerrarse ni entrar en las habitaciones, o las noches en que, sigilosos, rodeábamos a uno de nuestros compañeros en lo más profundo de su sueño para, de repente, aporrearlo todos con las almohadas y salir corriendo a nuestros cuartos arrojando globos de agua para cubrir la retaguardia.
 Eran chiquilladas propias de nuestros 17 años, quizá pesadas pero nunca malintencionadas.
 También recuerdo algunas anécdotas de aquellos días, como aquel en que uno de nosotros (creo que Carlos Pedraza) se dejó la radio pisada y, al volar entre nubes y claros comentó para sí “bonito, bonito de verdad… pero bonito de verdad…” excuso decir que nuestra sensibilidad de machotes no nos permitía reconocer esas “debilidades” y al bueno de Carlos se le recordaron sus palabras todo el curso. O cuando un profesor mandó bajar a un alumno (un “derribo”, como hace Iñaqui de vez en cuando) y éste no contestaba; así una llamada tras otra, hasta que el profesor dijo por radio “creo que no me oyes porque la radio debe de estar estropeada. Si es así, alabea”…¡y el pardillo alabeó! Todo acabó en una bronca del profesor por hacerse el sueco, y grandes risas por nuestra parte. Y las excursiones para agenciarnos algún melón o sandía en un campo próximo, o el curso en que coincidimos mi hermano Antonio y yo y que tanto disfrutamos, …
 Recuerdo, también, a Pichi y a Santos, y los bocadillos de media mañana para matar la gusa hasta la hora de comer, y los cabreos de los profesores cuando algo nos salía mal reiteradamente (hay días que parece que uno va para atrás y en vez de mejorar, empeora) hasta el punto de que, en una ocasión, se nos prohibió el vino de la cena, que no es que entrara en el menú, sino que un alumno motorizado había hecho una incursión a Noblejas para traer una garrafa y alegrar las cenas.

 También hubo momentos tristes, como el accidente que costó la vida a un compañero… aún recuerdo, como si lo oyera, el estampido del Blanik al romperse en el aire y el silbido del puro al caer, ¡pobre Javier!.
 En fin, no pretendo hacer “una de batallitas”, pero sí recordar que hubo otra escuela en el mismo sitio que está la de ahora, con otro estilo (ni mejor ni peor, sino diferente), y que allí muchos comenzamos a sentir la afición al Vuelo sin Motor. Lamentablemente, luego las circunstancias nos hicieron a unos cuantos abandonar, y, en mi caso, por suerte sólo de manera temporal. ¡Ojalá que alguno lea estas líneas y despierte de nuevo en él su afición!

No quiero terminar sin el capítulo obligado de agradecimientos, no por obligado menos sincero. Los primeros, a mis padres, por dejarme entrar en este mundo del vuelo sin motor, y a mi mujer, por su comprensión y por sobrellevar con cristiana resignación mi obsesión tardía (aunque no tan tardía: solo estaba silente); desde luego, a Salinas, mi profesor en aquellos primeros cursos. Y por descontado a los que me han hecho recordar el placer del vuelo por segunda vez: Emilio, Pepe, José Antonio, Manolo, Iñaqui y, en particular, a Begoña, además de Chema, Borja y Juanma.

Arturo Fueyo Rodríguez, Octubre de 2002