Lo
que cuento aquí no tiene nada de especial, pero creo que muchas
veces, sobre todo los que aún miramos la licencia pensando si eso
de “piloto” va por nosotros, y contemplamos cada hora de vuelo anotada
como un adolescente observa esperanzado los cuatro pelos de su barba, echamos
de menos relatos acerca de cosas que nos esperan en el futuro inmediato
o hemos vivido hace muy poco... un 50, una permanencia o, como en este
caso, una toma fuera de campo. Las historias sobre “miles”, vuelos en onda
esquivando los satélites de comunicaciones y demás todavía
son ciencia – ficción para gran parte de nosotros.
El
domingo 14 de octubre teníamos un magnífico día de
vuelo en Sotos. El día anterior, día de entrenamientos, Iñaqui
y yo habíamos tocado techo con el Twin a 1.350 m, en un precioso
vuelo sobre Cuenca, la Ciudad Encantada, la laguna de Uña... Hoy
tocaba competición, el día parece similar y es el turno de
Andi, mi futuro socio en ese pedazo de avión que nos vamos a comprar.
A eso de las 3 está todo el mundo en el aire, incluido Andi con
Iñaqui. El objetivo es marcar Torrecilla al norte del campo,
Mariana al sur y vuelta; no parece mucho, pero estamos en octubre y se
trata de no sufrir demasiado. El día no termina de funcionar, sólo
Joseba y Pedro cantan salida de momento. Víctor y Gabi les siguen,
y Víctor nos ameniza la espera intentando mantenerse en el aire,
los ratos que consigue asomarse por detrás de los árboles.
Andi e Iñaqui dan vueltas como locos, se agarran con las uñas
pero no consiguen nada que les permita tomar la salida con garantías.
A los 40 minutos deciden aterrizar... Begoña quiere salir, yo también,
así que “secuestramos” el twin. Begoña me deja el vuelo.
Tensando, remolcando... salimos hacia el oeste, hay buenos cúmulos
y Chema los tantea, se ciñe, cuesta seguir al remolcador con un
“armario” como el twin... “por aquí tira, Carlos” Chema nos deja
en un sitio muy bueno (como siempre), al noroeste del pueblo, al pie de
la Sierra de Bascuñana. No muy potente, pero facilona, palanca atrás
y en dos virajes consigo centrarla y tiramos para arriba despacito. Un
par de veces la pierdo, pero vuelvo a cogerla con breves indicaciones de
Begoña. Tocamos los 1.000 y esto no sube más, la nube está
más arriba pero no consigo aprovecharlo más. “Vamos sobre
el punto de salida, allí intentamos subir y decidimos...”. Pedro
anuncia que va a cerrar, Joseba le sigue, cogemos los 1.100 sobre la salida
y yo me pongo la cinta con el sol naciente (Banzai!, todo el mundo lo sabe,
quiere decir “¡Cuenca o muerte!”), estoy pilotando bien, me siento
muy confiado. Le propongo a Begoña tomar la salida. “Vale...(tono
dubitativo)”. “Papa Hotel, salida”. Silencio en la radio, sólo un
comentario lacónico de Iñaqui “vaya huevos...”.
Hay
cumulitos sobre las piedras (Sierra de Bascuñana), vamos al oeste
y siguiendo la Sierra con rumbo norte trataremos de llegar sin girar al
primer punto, porque esto se acaba, y es una carrera contra el tiempo.
Sólo perdemos 200 metros, volando rápido, la cosa va bien,
soy el Rey del Pollo Frito... “Tendríamos que girar algo para seguir”
Begoña empieza a sospechar que la cosa no está clara. “Tranquila,
aquí en estas piedras da el sol, ayer Iñaqui y yo subimos
muy bien por aquí”... sí, una hora y media antes. El vario
a 0, +1... ¡A enroscarse!... –1 ¡vaya!... –2 ¡uy, uy,
uyyyyy!... ¡Ahora, +1!... ¡Plof, -1!. Vale, está claro
que estas piedras no tiran. Veo el punto de viraje, está cerca,
aún podemos marcar punto y volver. Estamos a distancia de planeo
de casa, todo va bien, y yo he olvidado pensar que la tarde nos ha dado
un aviso de debilidad.
Es
curioso cómo, en este negocio del vuelo a vela, puedes pasar en
un par de minutos de ser la reencarnación de Reichmann a convertirte
en un orangután agarrado a una palanca, sin estados intermedios
y sin darte cuenta.
En
efecto, poco después hemos perdido la posibilidad (=altura) de volver
a casa, a pesar de que las piedras nos van sujetando con “ceros”. No hay
nubes por delante, sólo las hay sobre unas lomas al este, a 3 o
4 kilómetros, a la altura de Zarzuela. Allá voy. Begoña
no ha dicho nada en este rato, estamos sobre terreno aterrizable y cerca
de casa, y deja que la lección vaya calando, me será útil
en el futuro.
Atravesando
el valle el vario se clava en –2, y los metros van cayendo por el mismo
sumidero que mi moral. “Begoña, puntuando de 1 a 10, ¿cuál
es tu nivel de preocupación?” “Muy alto” dice con risa entrecortada.
El mío era 11. Tenemos 500 metros sobre el despegue. “Plan A: enfilar
desde aquí la pista. Plan B: intentar subir.” “Plan A es arriesgado,
Carlos. La línea recta de aquí al campo es casi todo terreno
no aterrizable”. Así pues, Plan B. Llegamos a las lomas. Tienen
nube encima, están soleadas, todo irá bien. +0,5... ¡Ouch!
la pierdo, -1... +1, bien, esto tira, poco, pero tira... ¡-2!...
La calidad de mi pilotaje ha perdido varios enteros, el rey del mambo ha
saltado en paracaídas y ahora es el orangután el que está
a los mandos. 450 metros. “Déjamelo, Carlos”... Begoña gana
los 50 metros que he perdido revoloteando como un pollo, pero alguien ha
apagado la máquina de hacer térmicas. Esto no tira.
Al
este, el valle, al norte de Zarzuela. Tiene buena pinta, Begoña
se mueve hacia allá mientras tantea las últimas burbujas,
lo que nos permite perder altura muy despacio. “Mira campos...”. Con esta
frase, se hace oficial nuestro cambio de denominación: ya no somos
un planeador en competición, sino un velero buscando un campo para
tomar.
El
suelo ya está cerca. “Ese tiene parece bueno...” Está sin
arar, pero tiene árboles en el extremo por el que tenemos que hacer
la aproximación, con el viento del suroeste. Después comprobaría
que estaba cuesta abajo. Otro muy majo cerca del pueblo, sobre una loma,
como un portaaviones... pero está arado, y no tiene accesos. Al
norte del primero, Begoña encuentra otro. Tiene buen aspecto, está
cuesta arriba, árboles al final, pero hay por lo menos 300 metros.
Una pasada que confirma la primera buena impresión, y viraje cerrado
para un tráfico a derechas. Hace rato que he intentado avisar por
radio, pero no nos oyen. Viento en cola cerquita del campo, con menos altura
que en el aeródromo porque hay que hacer un tráfico abreviado
que nos permita no presentarnos con exceso de altura en final, mirando,
siempre mirando, hay que saber cuanto antes qué nos espera allí
abajo. No parece que haya piedras, no hay cables ni postes ni dispositivos
de riego. Cada vez me gusta más ese campo, y me pregunto qué
sexto sentido ha llevado a mi instructora a elegir ése, entre todos
los que había. Viraje a base, base muy corta, sólo para mirar
y elegir la parte más apropiada del campo para tomar. A la derecha
hay una pequeña loma, mejor a la izquierda. Interceptamos la línea
que queremos seguir en final, velocidad y viraje cerrado y coordinado (cerca
del suelo, nada de fantasías). Frenos fuera, con un par de tanteos
Begoña establece el ángulo de planeo apropiado para salvar
el umbral (tenía una acequia) pero no sobrevolar mucho campo, apenas
vuelve a mover el freno (a ver si abandonamos la costumbre de mover el
freno como la palanca de una tragaperras, este negocio es de tacto). Me
da miedo que los árboles del final creen alguna turbulencia, vamos
a tomar a sotavento de ellos, pero el viento no es tan fuerte y no hay
meneos. Casi el umbral, impresiona un poco darse cuenta de que el campo
está cuesta arriba, y que empiezas a no ver el final, ya estamos
más bajos que la base de los árboles. Yo hubiese recogido
ahora, pero Begoña sigue un poco, porque se trata de no “huevear”
agotando el campo, sino de plantar el avión donde hemos decidido.
Ahora, recogida, me doy cuenta de que la pendiente me ha engañado,
que aún queda un poco para el suelo. Con mucho, muchísimo
tacto, Begoña recoge un poco más... flotamos un poquitín,
casi hay que colgar el avión a un palmo del suelo, para que no ruede
apenas por el campo. Espero un “aporrizaje” que no se produce, tocamos
suelo con suavidad, y el avión se queda clavado en pocos metros,
gracias a la pendiente y a la velocidad que se le ha quitado en la recogida.
Parados,
sin tocar todavía el plano en el suelo, Begoña se deshace
con su risa de la ansiedad que ha acumulado y que en ningún momento
ha llegado a sus manos ni a su cabeza. Yo sólo puedo decir “vaya
toma”.
Hay
una bonita puesta de sol, sentado junto al avión, abrigándome
con la funda de la cabina. Qué pena de cámara. Begoña
ha ido a Sotos con un vecino de Zarzuela que se ha ofrecido a llevarnos,
porque no cogimos el móvil (mal hecho), yo me he quedado por si
acaso. Siento el aire en la cara, estoy feliz, porque estoy en un sitio
precioso, junto a un velero (¿hay avión más hermoso?),
y espero que vengan a buscarme todos mis amigos. Sé que vendrán
más de los que hacen falta para desmontar el avión, pero
este es un deporte a la vez individualista y solidario, y todos arriman
el hombro. Mientras, pienso en todo lo que ha ocurrido, reviso el vuelo.
El “debriefing”, os lo aseguro, es la actividad más sana que hay
para el piloto en fase de aprendizaje (fase que se extiende desde el día
del primer doble mando hasta el último día de su vida).
Voy
tomando conciencia, poco a poco, de que hoy, creyendo que pilotaba bien,
cometía el error número 1 en el vuelo a vela: no tomar decisiones
pensadas y basadas en lo que hay aquí y ahora. Las piedras que ayer
tiraban no tienen por qué tirar hoy y, sobre todo, por encima de
todo... no llevas motor, detalle que en ocasiones uno tiende a olvidar.
De
propina, Begoña me ha enseñado cómo se hace una toma
fuera de campo de las que vienen en los manuales. Ella forma parte de ese
grupo de locos, junto con Víctor, Emilio, Iñaqui, José
Antonio y Pedro, que se subieron un día en la cabina trasera de
un biplaza a enseñarme a volar, y seguirán enseñándome.
Por
cierto, gracias a todos.