Toma fuera de campo
Por Carlos Cubillo piloto de vuelo a vela.

Lo que cuento aquí no tiene nada de especial, pero creo que muchas veces, sobre todo los que aún miramos la licencia pensando si eso de “piloto” va por nosotros, y contemplamos cada hora de vuelo anotada como un adolescente observa esperanzado los cuatro pelos de su barba, echamos de menos relatos acerca de cosas que nos esperan en el futuro inmediato o hemos vivido hace muy poco... un 50, una permanencia o, como en este caso, una toma fuera de campo. Las historias sobre “miles”, vuelos en onda esquivando los satélites de comunicaciones y demás todavía son ciencia – ficción para gran parte de nosotros.
El domingo 14 de octubre teníamos un magnífico día de vuelo en Sotos. El día anterior, día de entrenamientos, Iñaqui y yo habíamos tocado techo con el Twin a 1.350 m, en un precioso vuelo sobre Cuenca, la Ciudad Encantada, la laguna de Uña... Hoy tocaba competición, el día parece similar y es el turno de Andi, mi futuro socio en ese pedazo de avión que nos vamos a comprar. A eso de las 3 está todo el mundo en el aire, incluido Andi con Iñaqui. El objetivo es marcar Torrecilla  al norte del campo, Mariana al sur y vuelta; no parece mucho, pero estamos en octubre y se trata de no sufrir demasiado. El día no termina de funcionar, sólo Joseba y Pedro cantan salida de momento. Víctor y Gabi les siguen, y Víctor nos ameniza la espera intentando mantenerse en el aire, los ratos que consigue asomarse por detrás de los árboles. Andi e Iñaqui dan vueltas como locos, se agarran con las uñas pero no consiguen nada que les permita tomar la salida con garantías. A los 40 minutos deciden aterrizar... Begoña quiere salir, yo también, así que “secuestramos” el twin. Begoña me deja el vuelo. Tensando, remolcando... salimos hacia el oeste, hay buenos cúmulos y Chema los tantea, se ciñe, cuesta seguir al remolcador con un “armario” como el twin... “por aquí tira, Carlos” Chema nos deja en un sitio muy bueno (como siempre), al noroeste del pueblo, al pie de la Sierra de Bascuñana. No muy potente, pero facilona, palanca atrás y en dos virajes consigo centrarla y tiramos para arriba despacito. Un par de veces la pierdo, pero vuelvo a cogerla con breves indicaciones de Begoña. Tocamos los 1.000 y esto no sube más, la nube está más arriba pero no consigo aprovecharlo más. “Vamos sobre el punto de salida, allí intentamos subir y decidimos...”. Pedro anuncia que va a cerrar, Joseba le sigue, cogemos los 1.100 sobre la salida y yo me pongo la cinta con el sol naciente (Banzai!, todo el mundo lo sabe, quiere decir “¡Cuenca o muerte!”), estoy pilotando bien, me siento muy confiado. Le propongo a Begoña tomar la salida. “Vale...(tono dubitativo)”. “Papa Hotel, salida”. Silencio en la radio, sólo un comentario lacónico de Iñaqui “vaya huevos...”.
Hay cumulitos sobre las piedras (Sierra de Bascuñana), vamos al oeste y siguiendo la Sierra con rumbo norte trataremos de llegar sin girar al primer punto, porque esto se acaba, y es una carrera contra el tiempo. Sólo perdemos 200 metros, volando rápido, la cosa va bien, soy el Rey del Pollo Frito... “Tendríamos que girar algo para seguir” Begoña empieza a sospechar que la cosa no está clara. “Tranquila, aquí en estas piedras da el sol, ayer Iñaqui y yo subimos muy bien por aquí”... sí, una hora y media antes. El vario a 0, +1... ¡A enroscarse!... –1 ¡vaya!... –2 ¡uy, uy, uyyyyy!... ¡Ahora, +1!... ¡Plof, -1!. Vale, está claro que estas piedras no tiran. Veo el punto de viraje, está cerca, aún podemos marcar punto y volver. Estamos a distancia de planeo de casa, todo va bien, y yo he olvidado pensar que la tarde nos ha dado un aviso de debilidad.
Es curioso cómo, en este negocio del vuelo a vela, puedes pasar en un par de minutos de ser la reencarnación de Reichmann a convertirte en un orangután agarrado a una palanca, sin estados intermedios y sin darte cuenta.
En efecto, poco después hemos perdido la posibilidad (=altura) de volver a casa, a pesar de que las piedras nos van sujetando con “ceros”. No hay nubes por delante, sólo las hay sobre unas lomas al este, a 3 o 4 kilómetros, a la altura de Zarzuela. Allá voy. Begoña no ha dicho nada en este rato, estamos sobre terreno aterrizable y cerca de casa, y deja que la lección vaya calando, me será útil en el futuro.
Atravesando el valle el vario se clava en –2, y los metros van cayendo por el mismo sumidero que mi moral. “Begoña, puntuando de 1 a 10, ¿cuál es tu nivel de preocupación?” “Muy alto” dice con risa entrecortada. El mío era 11. Tenemos 500 metros sobre el despegue. “Plan A: enfilar desde aquí la pista. Plan B: intentar subir.” “Plan A es arriesgado, Carlos. La línea recta de aquí al campo es casi todo terreno no aterrizable”. Así pues, Plan B. Llegamos a las lomas. Tienen nube encima, están soleadas, todo irá bien. +0,5... ¡Ouch! la pierdo, -1... +1, bien, esto tira, poco, pero tira... ¡-2!... La calidad de mi pilotaje ha perdido varios enteros, el rey del mambo ha saltado en paracaídas y ahora es el orangután el que está a los mandos. 450 metros. “Déjamelo, Carlos”... Begoña gana los 50 metros que he perdido revoloteando como un pollo, pero alguien ha apagado la máquina de hacer térmicas. Esto no tira.
Al este, el valle, al norte de Zarzuela. Tiene buena pinta, Begoña se mueve hacia allá mientras tantea las últimas burbujas, lo que nos permite perder altura muy despacio. “Mira campos...”. Con esta frase, se hace oficial nuestro cambio de denominación: ya no somos un planeador en competición, sino un velero buscando un campo para tomar.
El suelo ya está cerca. “Ese tiene parece bueno...” Está sin arar, pero tiene árboles en el extremo por el que tenemos que hacer la aproximación, con el viento del suroeste. Después comprobaría que estaba cuesta abajo. Otro muy majo cerca del pueblo, sobre una loma, como un portaaviones... pero está arado, y no tiene accesos. Al norte del primero, Begoña encuentra otro. Tiene buen aspecto, está cuesta arriba, árboles al final, pero hay por lo menos 300 metros. Una pasada que confirma la primera buena impresión, y viraje cerrado para un tráfico a derechas. Hace rato que he intentado avisar por radio, pero no nos oyen. Viento en cola cerquita del campo, con menos altura que en el aeródromo porque hay que hacer un tráfico abreviado que nos permita no presentarnos con exceso de altura en final, mirando, siempre mirando, hay que saber cuanto antes qué nos espera allí abajo. No parece que haya piedras, no hay cables ni postes ni dispositivos de riego. Cada vez me gusta más ese campo, y me pregunto qué sexto sentido ha llevado a mi instructora a elegir ése, entre todos los que había. Viraje a base, base muy corta, sólo para mirar y elegir la parte más apropiada del campo para tomar. A la derecha hay una pequeña loma, mejor a la izquierda. Interceptamos la línea que queremos seguir en final, velocidad y viraje cerrado y coordinado (cerca del suelo, nada de fantasías). Frenos fuera, con un par de tanteos Begoña establece el ángulo de planeo apropiado para salvar el umbral (tenía una acequia) pero no sobrevolar mucho campo, apenas vuelve a mover el freno (a ver si abandonamos la costumbre de mover el freno como la palanca de una tragaperras, este negocio es de tacto). Me da miedo que los árboles del final creen alguna turbulencia, vamos a tomar a sotavento de ellos, pero el viento no es tan fuerte y no hay meneos. Casi el umbral, impresiona un poco darse cuenta de que el campo está cuesta arriba, y que empiezas a no ver el final, ya estamos más bajos que la base de los árboles. Yo hubiese recogido ahora, pero Begoña sigue un poco, porque se trata de no “huevear” agotando el campo, sino de plantar el avión donde hemos decidido. Ahora, recogida, me doy cuenta de que la pendiente me ha engañado, que aún queda un poco para el suelo. Con mucho, muchísimo tacto, Begoña recoge un poco más... flotamos un poquitín, casi hay que colgar el avión a un palmo del suelo, para que no ruede apenas por el campo. Espero un “aporrizaje” que no se produce, tocamos suelo con suavidad, y el avión se queda clavado en pocos metros, gracias a la pendiente y a la velocidad que se le ha quitado en la recogida.
Parados, sin tocar todavía el plano en el suelo, Begoña se deshace con su risa de la ansiedad que ha acumulado y que en ningún momento ha llegado a sus manos ni a su cabeza. Yo sólo puedo decir “vaya toma”.
Hay una bonita puesta de sol, sentado junto al avión, abrigándome con la funda de la cabina. Qué pena de cámara. Begoña ha ido a Sotos con un vecino de Zarzuela que se ha ofrecido a llevarnos, porque no cogimos el móvil (mal hecho), yo me he quedado por si acaso. Siento el aire en la cara, estoy feliz, porque estoy en un sitio precioso, junto a un velero (¿hay avión más hermoso?), y espero que vengan a buscarme todos mis amigos. Sé que vendrán más de los que hacen falta para desmontar el avión, pero este es un deporte a la vez individualista y solidario, y todos arriman el hombro. Mientras, pienso en todo lo que ha ocurrido, reviso el vuelo. El “debriefing”, os lo aseguro, es la actividad más sana que hay para el piloto en fase de aprendizaje (fase que se extiende desde el día del primer doble mando hasta el último día de su vida).
Voy tomando conciencia, poco a poco, de que hoy, creyendo que pilotaba bien, cometía el error número 1 en el vuelo a vela: no tomar decisiones pensadas y basadas en lo que hay aquí y ahora. Las piedras que ayer tiraban no tienen por qué tirar hoy y, sobre todo, por encima de todo... no llevas motor, detalle que en ocasiones uno tiende a olvidar.
De propina, Begoña me ha enseñado cómo se hace una toma fuera de campo de las que vienen en los manuales. Ella forma parte de ese grupo de locos, junto con Víctor, Emilio, Iñaqui, José Antonio y Pedro, que se subieron un día en la cabina trasera de un biplaza a enseñarme a volar, y seguirán enseñándome.
Por cierto, gracias a todos.