Voar a ladera en la Cerdaña
por Rafa Galdon
La primera vez que un
piloto con poca experiencia, y que además no ha salido nunca de las
proximidades de Ocaña, se plantea volar en otro aeródromo, no se imagina lo
distinto que puede ser el vuelo en planeador en cada lugar.
Eso
es lo que me pasó la primera vez que decidí ir a volar al aeródromo de La
Cerdaña (La Cerdanya) en los
Pirineos. Había oído hablar muy bien de ese campo de vuelos, y sabía que tenía
fama de ser uno de los mejores lugares de Europa para hacer vuelo de montaña.
Mi intención era probar por primera vez el vuelo en ladera. Me había repasado
mis libros, me había intentado hacer una idea de lo que podría esperar, y me
lancé a ello, sin imaginar que la experiencia sería mucho más sorprendente y
gratificante de lo que esperaba.
Lo
primero fue una llamada al Aeroclub Barcelona-Sabadell, donde obtuve el teléfono
de Olivier, instructor de vuelo sin motor de ese aeroclub en La Cerdanya. Me
puse en comunicación con él y le conté mi escasa experiencia en este deporte
y mi interés en aprender a volar en montaña. Olivier me dijo, en una curiosa
mezcla de castellano, francés y catalán, que lo mejor sería hacer un
“bautismo aéreo” para decidir si esto me gusta o no. Quedamos en una fecha.
Hice
las maletas para La Cerdanya. Desde Barcelona es un viaje de 150 Km. La mitad
del mismo se hace por tortuosas carreteras de montaña en las que, además, hay
mucho tráfico los fines de semana invernales, debido a toda la gente que se
dirige a las estaciones de esquí. Habrá que pagar peaje en los túneles del
Cadí (si se pide ida y vuelta –anada i
tornada- sale más barato).
La
Cerdanya es un gran valle situado en los Pirineos orientales, dividido por la
frontera hispano-francesa. Hay muchos pueblos llenos de monumentos para visitar,
el Parque Natural de la Sierra del Cadí, golf, senderismo, esquí en estaciones
como La Molina, Masella y otras; y, por supuesto, vuelo a vela.
Me
hospedé en un sencillo hostal de Alp, el pueblo más cercano al aeródromo. Hay
posibilidades de alojamiento para todos los bolsillos, desde camping hasta
hoteles de lujo, no sólo en Alp, sino también en otras localidades cercanas, o
a pie de las pistas de esquí. Xavi, uno de los remolcadores, también alquila
habitaciones por un precio asequible.
Olivier
me había dicho que la operación en el campo suele empezar a las diez de la mañana,
y a esa hora me presenté allí. La actividad era intensa, pese a ser un día
laborable. Había varios ultraligeros y, sobre todo, unos 30 planeadores del European
Soaring Club. Estuve en su briefing
meteorológico presentado por Brian, y luego Olivier me explicó detalladamente
en la pizarra las normas locales de vuelo.
Olivier
es un tipo simpático, decidido, responsable. Hace de todo en La Cerdanya:
instructor, jefe de pista, remolcador… También es piloto comercial de motor.
Da a la seguridad la importancia que merece: primordial. Dejó todo lo relativo
a la seguridad del vuelo muy claro en sus explicaciones.
La
pista 07-25, asfaltada y de 1.100 m de longitud, tiene otra paralela de hierba.
La 25 es la de uso más habitual, incluso con ligero viento de cola, ya que
tiene un poco de pendiente favorable. Una pequeña calle de rodaje enlaza la
pista con la amplia plataforma. El entorno es todo de grandes montañas. Las que
están al norte del campo reciben más luz solar, se calientan antes y generan
ascendencias más temprano.
La
meteorología local en La Cerdanya es muy traicionera y, para “forasteros”
como yo, Olivier tiene la norma de estar sobrado de altura en la llamada Zona de
Pérdida de Altitud, muy próxima al campo, y dentro de la cual planearemos la
aproximación en función del viento y del tráfico.
Las
tomas fuera de campo no tienen nada que ver con las que se pueden hacer en Ocaña.
El terreno en los Pirineos es, lógicamente, más accidentado y arbolado. Será
muy difícil encontrar un lugar llano y despejado en el que posarse.
Otra
diferencia es que la radio se usa muy poco. La frecuencia local de autoinformación
es 123.5 MHz, en el momento de escribir este artículo. Es la misma que en otros
aeródromos cercanos, por lo que a veces se interfieren las comunicaciones.
Olivier,
consciente de que para divertirse volando es necesario volar seguro, obliga a
leer en voz alta listas de chequeo previas al despegue y al aterrizaje. Me
advierte que el tráfico aéreo en pista y en el espacio aéreo cercano puede
ser intenso. En días como hoy puede haber decenas de planeadores en el aire,
además de varios remolcadores, aviones de motor procedentes del aeropuerto de
Sabadell, globos y ultraligeros (que a veces vuelan sin radio); así que mucha
precaución y mil ojos.
Ya
en pista, la persona que corre el ala también tiene más importancia que en Ocaña,
pues, para mantener silencio radio, es la encargada de comprobar que la pista y
el tramo final de aproximación están libres para el despegue. Hasta que no esté
seguro de ello no nivelará los planos de nuestro avión, lo cual será la señal
para el remolcador de iniciar la carrera de despegue.
El
remolque me pareció muy movido, y Olivier me decía que no era nada fuera de lo
común. Se paga por minutos de remolque, así que podemos decidir cuánto
queremos subir. Nosotros nos soltamos a unos 800 m sobre el terreno, buscando
una térmica de la que daba indicio una pareja de buitres que planeaban
perezosamente en círculos. Los remolques para onda de montaña suelen ser más
largos.
Olivier
tomó los mandos para llevar el avión a la ladera. Enseguida me di cuenta de
que su manera de volar es, por así decirlo, más extrema que la que aprendemos
en Ocaña. Casi en ningún momento veo a Olivier volar a menos de 130 Km/h, y a
veces hasta mantiene 230 Km/h, bien dentro del arco amarillo del anemómetro.
Las
cumbres todavía tienen mucha nieve (estamos en primavera). La vista desde el
asiento delantero del Twin Astir es fabulosa: lagos de montaña helados, valles
glaciares, caminos serpenteantes, prados alpinos… Acostumbrado a las llanuras
toledanas, y a lo que me cuesta allá tomar riesgos, me asombra lo próximos al
terreno que volamos, incluso sabiendo que, paradójicamente, estamos a casi
3.000 m de altitud.
A
diferencia de Ocaña, el horizonte no es ninguna referencia para el vuelo en
zonas montañosas. También es conveniente volar reglando el altímetro a la
elevación del campo (QNH) para poder comparar nuestra altitud con la elevación
de las montañas en el mapa.
En
instantes pasamos de fuertes descendencias de -5 m/s a la situación totalmente
contraria. El aire tiene caprichosas maneras de comportarse en las montañas, así
que es importante volar rápidos para escapar de las fuertes descendencias que
encontramos a veces. Reducimos un poco el ritmo en las ascendencias.
Pilotando
yo, Olivier me recuerda lo importante que es mantener alta velocidad, no dejarse
empujar por el aire a sotavento de la ladera, tener siempre alguna escapatoria,
anticiparse a las variaciones del terreno, y virar siempre alejándonos de la
montaña. ¡Qué sensación!
No
todo es vuelo a ladera. En La Cerdanya también se vuela a térmica. No dejamos
escapar ni una, intentando sostenernos incluso en humildes “ceros”.
Calculando
un conservador coeficiente de planeo de 1:10, deberíamos estar a 600 m sobre el
terreno a 6 Km del campo, a lo que añadimos siempre 300 m de seguridad para no
pillarnos los dedos. Llegamos no muy sobrados de altitud a la Z.P.A. (noroeste
del campo) y nos integramos en viento en cola derecha de la pista 25,
notificando por la radio. La aproximación y aterrizajes son similares a los de
Ocaña, aunque, quizá por ser la primera vez, no me ha quedado muy fino.
Tomamos en la pista de tierra y libramos lo antes posible cruzando la de
asfalto.
Ha
sido un vuelo fantástico del que he aprendido mucho. Como primera impresión,
me ha parecido que volar aquí es más difícil que lo que estaba acostumbrado.
Requiere más técnica y concentración. Si este vuelo ha sido sólo de ladera,
cómo será la experiencia de la onda de montaña. Al parecer, los mejores meses
para practicarlo son enero y febrero, cuando son inferiores a cero las
temperaturas a pie de pista. ¡Y pensar que hay gente que aprende a volar desde
cero aquí! Según me cuenta Olivier, para estos pilotos la transición al vuelo
en el llano es más sencilla que a la inversa.
En
resumen, un bautismo en La Cerdanya es una experiencia de lo más aconsejable,
sobre todo para aquellos que, como yo, nos hemos formado en Ocaña y nunca hemos
abandonado el palomar. Animo a todos a probarlo. Las opciones son múltiples,
desde hacerse socio del Aeroclub Barcelona-Sabadell a pagar tarifa de una
semana, ideal para pasar unas breves vacaciones. Toda la información está en
la página en Internet del Aeroclub.
¡Buenos vuelos!"