Solo, de nuevo
Por Arturo  Fueyo piloto de vuelo a vela.

 A modo de prefacio, quiero dejar constancia de que siento cierto rubor al publicar este pequeño articulo, y no porque haya algo censurable, sino porque tengo la sensación de que no aporta nada nuevo al lector, aunque sí refleja mi experiencia, y espero que sea, si no de utilidad, si de entretenimiento para el lector. Comienzo, pues, el relato de mi suelta en velero, mi cuarta suelta.

 Allí estaba yo el 29 de Septiembre en la cabina del ASK-21, con Begoña en la parte trasera. Habíamos hecho dos vuelos aquella mañana, vuelos “de obispo” sin un meneo, con una vista excepcionalmente bonita al sur, ya que la niebla cubría los montes, dejando ver tan solo los picos. Juanma comentó por radio que parecían las islas Canarias.

 En aquel momento, Begoña salió del velero y me notificó que iba a estrenarme solo (“reestreno” en realidad); me preguntó qué hacer con el viento de lado al despegar: baja el plano del lado donde sopla el viento para que no te lo levante, y corrige con el pie para que no se te desvíe. Y me deseó un buen vuelo.

Entonces tuve unos minutos, pocos, para hacer memoria de cómo había llegado hasta este punto. Recordé mis primeros cursos en esta misma escuela a los 17 añitos, y los tiempos que por desgracia estuve alejado de la actividad aeronáutica, debido a multitud de factores que no vienen al caso. Pero, sobre todo, hice un rápido repaso de mi reencuentro con el vuelo sin motor, cuando mi hermano me convenció de que hiciera un vuelo de divulgación en Santo Tomé: la verdad es que no le costó mucho convencerme; más complicado fue que Lola, mi mujer, nos dejase ir, porque yo creo que no se fiaba mucho de lo que los hermanos Fueyo juntos pudieran tramar. Y el resultado de aquel vuelo fue que nos enganchamos (seguro que era lo que mi mujer suponía que iba a pasar…, ¡las mujeres siempre van un paso por delante, al menos!). Mi hermano reinició los vuelos ese mismo verano, y yo unos meses más tarde.

 Me pasó por la cabeza mi primer vuelo de esta segunda época, el día que fui a hacerme el carnet de alumno, un vuelo de divulgación, con Pepe. Y dos semanas más tarde, con mi carnet y mi paquete de 10 remolques, el primer vuelo con Emilio. Recordé los primeros vuelos con José Antonio, y cómo me repetía que debía conocerme de memoria los circuitos de las distintas pistas, y repetir los chequeos pre-vuelo… y luego mis siguientes vuelos con Begoña, “peleando el remolque”, peleándome la térmica, haciendo pérdidas y resbales, la “caja” con el remolque (¡perdona, Juanma!), la toma viento en cola por “cable suelto”…

Y ya viene la remolcadora… ¡cielos, el chequeo pre-vuelo! Solo faltaría que en mi suelta se me olvidase el chequeo. A ver: altímetro calado a cero, la radio funciona, frenos dentro y bloqueados, la cabina trasera cerrada y asegurada, los atalajes cerrados (Pepe aún los comprobó una vez más), el compensador un poco adelantado, ¿recuerdas, Arturo, que así haces más fácil el remolque?. Fenomenal, el remolque es a cargo de la Robin.

“¡Abierto!”
“¡Cerrado!”.
 Ya está el cable enganchado, mi cabina cerrada y bloqueada…
“Arturo Fueyo. Union Charly. Primera suelta. Tensando”…
“¡Remolcando!”
 
Unos cuantos metros de carreteo por la pista (me preocupo de no elevarme demasiado pronto: “deja al velero que quiera subir solo, Arturo”), y ya estamos en el aire. El remolque es de libro, con un flujo laminar perfecto y la Robin mostrándome una sola línea de sus planos y la cola. En esta ocasión no acudo, como recuerdo que hacía en las anteriores sueltas, al exabrupto contra la remolcadora: ella es la que se mueve, y no yo; además se mueve independientemente de la voluntad del piloto, que pone su mejor saber en proporcionar un remolque suave en las sueltas… ¡pero parece que las remolcadoras tienen vida propia!

“Baja un poco, me recomienda Juanma por radio, será más fácil subir”. Ahora alabea, dos tirones al mando y me cercioro de que cae el cable…

“Velero libre, gracias, Juanma”
“De nada, buen vuelo. ¡Y buen remolque!”

Así da gusto, te hacen un remolque suave como la piel de un bebé y encima te lo celebran como si el mérito fuera tuyo; de todas maneras, motiva.

 Ahora hay que hacer un circuito bien hecho,... bueno, aquí hay un “cero” vamos a virarlo un par de vueltas. Disfruto del vuelo como pocas veces hasta entonces lo había hecho. Me encuentro sorprendentemente tranquilo, pensaba que iba a estar más nervioso, más agarrotado, pero no. Siento la sensación de flotar, posiblemente debida al espléndido y tranquilo día; tomo una referencia en el horizonte para hacer los tramos de vuelo recto, y se diría que todo está confabulado a mi favor: no hay que corregir, en absoluto, para mantener el vuelo recto; el compensador está bien regulado, porque no tengo necesidad de corregir la posición del horizonte, ni de forzar la palanca… ¡Estoy disfrutando de verdad del vuelo!

 Bien, golpecito al altímetro: 350 metros, hay que iniciar el viento en cola y avisarlo a tierra. Llego hasta la base, ¡perfecto! 150 metros cumpliditos, desbloqueo los frenos, y ahora hay que enfilar la pista bien centrada… ¡ya está!. Saco un poquito de frenos e inclino algo más el morro, mientras me digo: “Mantén la velocidad”, ”Así, bien!”. Ya es mío, tengo que recoger un poco y mantener la dirección a pesar del viento lateral. ¡Perfecto, sin un bote! (Iñaqui y Begoña lo corroboran por radio casi al alimón: “Buen aterrizaje, Arturo”). Me desabrocho los atalajes y salgo del velero para ayudar a empujarlo hasta la línea, con una satisfacción interna difícil de explicar, pero que me desborda por todos los poros.

 No ha sido mi primera suelta, pero si la que más intensamente he vivido, en la que más he sido consciente del camino recorrido, de lo que debo a la gente a la que tengo algo que agradecer por haber llegado hasta aquí, … y por darme la oportunidad de seguir más adelante; de mi mujer, que no comulga con mis aficiones, pero me aguanta mis días de fin de semana fuera… de mi padre, con quién sólo pude volar una vez, pero me hubiera gustado hacerlo mil veces…

 Ahora, una vez iniciado el camino, vislumbro otra serie de objetivos en lontananza: calificación para cabina trasera, permanencia, distancia,… ¡y lo que se tercie!; pero eso ya es, o será, otra historia.

 ¡Ah! Y gracias a José Luis, con quién tengo una suerte de complicidad aeronáutica, por su ayuda como corrector de estilo.